José Cruz Ovalle Hotel Explora Isla de Pascua

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La Isla de Pascua,  situada en medio del Pacífico,  es el lugar más remoto y aislado de la tierra; condición acentuada por el hecho de no formar parte  de ningún archipiélago: la inmensidad de un mar deshabitado hace de esta soledad verdadero  abismo oceánico.

Este  se manifiesta en la presencia insoslayable de ese horizonte que, curvándose en ese mar esférico que la circunda, nos deja suspendidos en medio de lo desconocido.

Frente a lo  que significa habérselas con un lugar ajeno a nuestra tradición occidental y ante la irrupción de esta obra en esa soledad, en la que ninguna de sus líneas resonará con otras líneas perfiladas por otras manos, se hace necesario primeramente fundarla.

Acto que esta vez se retrotrae a su forma mas elemental como un fundirse con la tierra:  principiar así creando el orden de sus suelos.  Hundirse o levantarse levemente del terreno para subir o bajar el horizonte y hacer vibrar esa relación entre la tierra y el cielo; el mar y la tierra;  el cielo y el mar…, abriéndole al lugar una nueva relación entre la proximidad y la lejanía. Un orden que  se materializa mediante  muros que se hincan o se alzan brevemente del terreno, construidos con las piedras del lugar.

El trazado de estos muros  propone recibir el espacio de  la isla desde su circularidad sin revés ni derecho, sin delante ni detrás, mediante el giro de una especialidad desplegada y en redondo, que abra a nuestro detenerse múltiples direcciones y a nuestro deambular diversos recorridos.

Estos muros se ensanchan hasta  adquirir el  espesor que los hace habitables.  Las cubiertas de  madera  dilatan dicho espesor  a través de la expansión de sus sombras: en este clima subtropical el proyecto propone la graduación completa del espacio entre el interior cerrado y el exterior abierto. La arquitectura del hotel podría entenderse como la reverberación de un extenso umbral que se prolonga en el arco de esos múltiples matices: espacios cerrados, semicerrados,  cubiertos, semi cubiertos , parapetados, abiertos….. Cada uno de los cuales, a su vez,  puede estar  hundido, semi hundido, a nivel, sobre nivel, elevado…, haciendo que desde este lugar aparezca lo propio de la isla.

Al abismo oceánico la arquitectura responde también con lo que hemos llamado espacialidad en coro. Aquella que descompone la obra en diferentes cuerpos, levemente despegados, en una proximidad  que los mantiene a punto de tocarse. La tensión de esta contigüidad trae algo del aura con el que  los mohais, erguidos sobre el gran zócalo –ahu-, se separan dejando entre ellos la distancia de otra serie de cuerpos de aire que  re-acompañan  esa suerte de coro que conforman  los cuerpos de piedra

Podemos aventurar,  que ese abismo oceánico fue artísticamente  contrarrestado, por sus primeros habitantes, con estos monumentos en los que la extensa horizontalidad del

zocálo-basamento, único, reúne lo vario y levemente diverso de los mohais, al modo como la horizontal de las aguas del mar reúne las distintas islas de un archipiélago.

Pero ya no se trata solo de ese entre que detiene nuestra mirada en el aire atrapado por las contigüidades, como en estos monumentos, sino aquella proximidad que también nos abre un dentro.  Este paso desde la contigüidad del entre a la proximidad del dentro es aquel  que va desde  la escultura a la arquitectura: dentro del espacio y ante el horizonte.

XVII BIENAL DE ARQUITECTURA
18 al 27 de Noviembre
Museo Histórico y Militar

Santiago, Chile

La XVII Bienal de Arquitectura ha debido replantearse producto del grave terremoto y maremoto que afectó a gran parte de nuestro territorio, re orientando sus objetivos bajo un nuevo lema:

"8.8 Re - Construcción".